Noticias secretas  ::  Crónicas y comentarios desde la Región XIV, archipiélago de las Antípodas

22 de abril de 2008

Obama versus Hillary: ¿último round? ::

por Roberto Castillo Sandoval


Pensilvania es un estado quitado de bulla que de vez en cuando recuerda días más gloriosos, como cuando Filadelfia fue la capital de la nación y cuando las usinas de Pittsburgh producían gran parte de acero del mundo. Es un estado heterogéneo donde los habitantes de la región occidental limítrofe con Ohio poco tienen que ver con los de la costa atlántica.

El polo de Pittsburgh, política y culturalmente, ya es parte del Medio Oeste, mientras que el polo de Filadelfia se identifica mucho más con la cultura urbana de la megalópolis que se extiende prácticamente sin interrupciones desde Boston hasta Washington D.C. En el idioma político norteamericano, lo urbano connota diversidad racial e incluso predominio de grupos étnicos como afroamericanos o latinos, mientras que lo rural y lo suburbano por lo general indica homogeneidad dominada por descendientes de europeos: Filadelfia es una ciudad claramente negra, mientras que Pittsburgh es mayoritariamente blanca.

En el medio de Pensilvania, el panorama se complica, debido al influjo de neoyorquinos por el norte y a los que cruzan la frontera desde Maryland por el sur. Esta diversidad, que además es geográfica, complica cualquier análisis político y sobre todo dificulta la siempre peligrosa práctica del pronóstico electoral.

Para triunfar en Pensilvania hay que ganarse a un electorado polarizado pero voluble. La región oeste puede elegir a un senador como Rick Santorum, uno de los más reaccionarios que haya pasado por la legislatura federal (notable hazaña). En cambio, la región atlántica es mucho menos conservadora e incluso los políticos republicanos de este lado son muchas veces indistinguibles de sus rivales demócratas: el senador que representa a esta parte del estado empezó su carrera en el partido Demócrata.

Jim Carville, uno de los operadores más astutos de la dinastía Clinton, definió hace muchos años la política de este estado: Filadelfia liberal al este, Pittsburgh conservadora al oeste, y en el medio Alabama. Con esta caricatura aludía al supuesto cariz conservador del electorado de la Pensilvania profunda, que apenas se diferenciaría de los votantes de Sur confederado, fiero defensor de la tenencia de armas, afiliado a iglesias evangélicas fundamentalistas, y reacio a cualquier cambio social y cultural. Se trata de una caricatura que tiene el poder de perpetuarse, sin embargo: de ahí los intentos algo patéticos de John Kerry en la última elección presidencial por ganarse a los votantes del occidente disfrazándose de Elmer Gruñón, sin pensar que la escopeta de lujo que sacó a relucir para las fotos lo delataba como yankee bostoniano, elitista e impostor. Kerry ganó el estado en el 2004, gracias a que Filadelfia votó masivamente por él y porque la organización de internautas movilizados MoveOn.org se concentró en dar la pelea en los suburbios de esa ciudad.

La batalla entre Barack Obama y Hillary Clinton se libra hoy martes en este territorio, que no es tan predecible como lo quiso hacer aparecer Carville, este Montesquieu del siglo XXI; basta recordar que esa misma gente que eligió al ultraconservador Santorum (así se llamaba, no es chiste) lo sacó para poner a un demócrata blanco que ahora apoya a Obama, y que el recién elegido alcalde negro de Filadelfia ha estado haciendo campaña por Hillary.

Si de campañas se trata, los dos candidatos demócratas han desplegado todas sus fuerzas en este estado. En este campus estuvo Michelle Obama, quien tuvo un recibimiento espectacular, y luego Hillary Clinton, quien vino flanqueada por su hija Chelsea y su madre, Mrs. Rodham. El estilo de las dos campañas se reveló en la sencillez y franqueza con que Michelle Obama dio su discurso y en el tono wonkish de conocedora de políticas públicas que caracteriza a Hillary Clinton.

Mientras que Michelle le habló a una multitud multiétnica que vino de todas partes de Filadelfia para verla, Hillary hizo lo suyo a puertas cerradas, con un público selecto, muy homogéneo, compuesto en su gran mayoría por el segmento base de la candidata: mujeres blancas de estratos medios y altos. La imagen de Hillary se proyectó en pantalla gigante a un prado donde los estudiantes disfrutaban más del sol primaveral que de la retahíla algo monótona de una candidata evidentemente cansada de repetir las respuestas básicas de su libreto.

Los electores hoy tienen la palabra.

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comentarios:[1]

Blogger Montserrat Nicolás escribió... /

nice. por fin un recuento inteligente. y volvistes...igual bien exclusiva la cosa (once a month, eh?)

bests-

8:38 PM

 

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28 de febrero de 2008

El cambio en Cuba ::

por Roberto Castillo Sandoval

Iba a escribir sobre Fidel y su hermano Raúl, pero terminé pensando en un hotel de La Habana y en asuntos que tal vez se relacionen con ellos. O tal vez no, quien lee decide, porque Noticias secretas es territorio liberado. Territorio libre de América, como decía (¿lo dice todavía?) la vieja transmisión de Radio Habana.


En la Habana Vieja, en la esquina de Obispo con Mercaderes, está el Hotel Ambos Mundos, donde dicen que Hemingway empezó a escribir su novela sobre la guerra civil española Por quién doblan las campanas. El hotel, restaurado a su antiguo esplendor, ahora es parte de un consorcio español asociado con el gobierno cubano (es decir, con las fuerzas armadas, que se reparten la administración del negocio del turismo).

La habitación 511 del Ambos Mundos quedó como era antes de la Revolución. Conserva el piso original de baldosas, testigo de las aventuras literarias y extra-literarias del novelista norteamericano. Dice la leyenda que una jovencita llamada Jane Mason se quedó atascada tratando de entrar por el montante de ventilación, esa especie de ventanita encima de la puerta. Durante el día, la pieza de Hemingway se convierte en museo, a cargo de una funcionaria que sabe hasta los detalles más triviales de la biografía de Hemingway. Me acuerdo de haberle pedido, aprovechando que la veía a menudo al salir y entrar (me había tocado el cuarto adyacente a la 511), que me contara algo sobre Hemingway que nadie más supiera. Me contestó que era historiadora y que ella no decía nada que no estuviera corroborado y por lo tanto bien sabido por otros. Después dijo, como cambiando el tema, que en las baldosas del umbral se ven las marcas que fueron dejando las llaves al soltarse de las manos de don Ernesto cuando volvía al hotel con demasiados mojitos en el cuerpo.

En la pieza-museo no hay casi nada de interés: una máquina de escribir antigua dentro de una caja de vidrio, una vitrina triste con libros azumagados por el trópico, un barco a escala de bonsai, algunos papeles manuscritos, un estuche con un par de lentes, un teléfono antiguo en un velador y una lámpara sin ampolleta que parece sacada de un hospital. Hay algunas fotos colgadas en las paredes blancas, entre ellas una de Hemingway con Fidel en la que no se sabe cuál de los dos está más incómodo mientras aparentan lo contrario.

En la cama, colocados con exacta simetría, hay diarios antiguos. Los titulares que alguna vez fueron tan urgentes ahora se leen como trivia del siglo veinte: bombardeos, invasiones, hazañas de prensa amarilla. La cama está acordonada y parece demasiado frágil para haber sostenido a un peso-pesado como Papa Hemingway.


“Todo lo demás ha cambiado, pero esto sigue igual”, repetía la encargada, y cuando decía “todo lo demás” hacía un gesto como abarcando el mundo. Uno se quedaba sin saber qué la entristecía, si el cambio o la permanencia. Cuando no llegaban turistas a mironear el seudo-museo, se dedicaba a leer novelas, a conversar con las mucamas y a mirar por el balcón. A las 5 de la tarde en punto, cerraba las celosías y la puerta, sin que nunca se le escapara de los dedos su manojo de llaves, ni al entrar, tempranísimo, ni al salir.


De noche, el Ambos Mundos se transforma. El lobby se llena de música de piano y del ruido de copas del bar. Como queda en una esquina, el lugar, amplio y aireado con sus ventanales franceses, es un perfecto punto de citas para turistas, como debe haber sido para los habaneros de tiempos de Hemingway. La diferencia es que ahora los cubanos tienen prohibido entrar a ese hotel. Excepto, claro, los que trabajan ahí: mucamas, meseros, cocineros, aseadores, ascensoristas-guardias. Los ascensoristas son los encargados de que no pase del lobby ningún cubano sin autorización. Tienen un ojo certero para identificar a los que no son turistas. Casi nunca se equivocan, aunque a veces los pasajeros o turistas negros tienen que identificarse, especialmente si son mujeres o muchachos jóvenes, sospechosos de jinetear.



Por eso me extrañó lo que vi una noche al volver al hotel. Antes de entrar ya las cosas no cuadraban, porque justo frente a la entrada del lobby, estacionado en diagonal y bloqueando la calle, había un automóvil negro charol, muy lujoso, italiano. En esa esquina no circulan vehículos particulares y los taxis pueden parar mientras descargan o recogen pasajeros, pero sólo un par de minutos vigilados por un policía de punto fijo. Ahí estaba esa noche la berlina Lancia, enorme, inamovible, en zona prohibida, con un tipo apoyado en el capó, fumando en actitud de ser el chofer.


Lleno de curiosidad, crucé el lobby-bar y me dirigí al ascensor. Ahí la cosa se puso más y más curiosa: el aparato estaba lleno de cubanos, pero el ascensorista, un hombre amable y digno a quien yo había visto expulsar sin piedad a más de una jinetera que intentaba colarse del brazo de un turista, ni siquiera chistaba. Sólo cerraba la jaula, apretaba botones, y subía con su carga ruidosa de habaneros y habaneras. Más extrañeza: los cubanos que invadían el Ambos Mundos esa noche iban vestidos de gala: trajes impecables para los varones, vestidos espectaculares para las mujeres, una colección casi apabullante de gente lindísima luciendo sus joyas y peinados. Me puse en fila para el ascensor, pero la aglomeración y la bulla me hicieron desistir y subí por las escaleras.

Al llegar al segundo piso encontré la explicación, porque ahí, en un salón que funcionaba como galería de esculturas, había una tremenda fiesta, con orquesta de veinte músicos, flores por todas partes, candelabros, largas mesas de comida en buffets y botellas de champaña. Parecía la boda de una princesa, y eso era, porque allí se festejaban, según averigüé de buena fuente, las nupcias de la hija de un funcionario de gobierno o de un alto jerarca militar. Eso explicaba el Lancia estacionado en lugar prohibido y el acceso de esos cubanos dressed to kill al interior vedado de un hotel de turismo.

La opulencia ostentosa de la celebración todavía se sentía en el aire a la mañana siguiente. Mientras bajaba en la lenta jaula del ascensor vi un ejército de gente trabajando con aspiradoras, escobas, bolsas de basura. No sé qué habrán pensado esos cubanos al limpiar y ordenar después de una fiesta que no era de turistas sino de compatriotas, sus iguales según el discurso oficial. Seguramente habrán pensado y sentido lo mismo que millones de sirvientes que limpian después de fiestas ajenas en toda América Latina. Por la escalera también divisé a la historiadora del Ambos Mundos, que subía a su cotidiano puesto de combate. La saludé desde mi jaula en descenso y ella, esta vez con una sonrisa, me hizo su gesto favorito con los brazos, abarcando el mundo entero encapsulado en el Ambos Mundos, como diciendo “esto sigue igual”.



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comentarios:[1]

Blogger Aniiiex escribió... /

ME GUSTÓ BASTANTE TU(SU) BLOG.
YO CREO QUE SEGUIRÉ PASANDO.
LEER ALGO MÁS SOBRE HEMINGWAY ME GUSTA.


SALUDOS
CHAU

2:49 PM

 

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20 de enero de 2008

El hombre sin pesadillas ::

por Roberto Castillo Sandoval

Guardo la imagen de un señor canoso, de camisa a cuadros y pantalones de poliester, caminando a comprar el diario en el aeropuerto de Columbus, Ohio. “Mira”, dijo mi acompañante, indicándolo con la barbilla. Yo pensé que me quería comentar la pinta del habitante típico del medio-Oeste, por su vestimenta: rayas con cuadrillé, colores que no pegaban, talla mal elegida, textiles plásticos, anteojos tamaño jumbo.

Pero no era eso. “Ése que va ahí fue el piloto del Enola Gay”. Tuve que buscar en mis archivos mentales para entender que se refería al bombardero B-29 desde el que se lanzó la primera bomba atómica, en agosto de 1945. Se veía sano, lo que me extrañó, porque yo había leído que el piloto del avión que destruyó Hiroshima y la mitad de sus habitantes se había vuelto loco de remordimiento al no poder borrar de su retina la ciudad que se calcinaba bajo el hongo de fuego, la misma ciudad que minutos antes había avistado entre las nubes plácidas del verano japonés. Me lo imaginaba en algún asilo de orates, haciendo avioncitos con las manos. Otra versión decía que se había suicidado, incapaz de soportar el asedio de su conciencia.

La verdad era diferente: ahí estaba el comandante Paul Tibbets, comprando un diario y una barra de chocolate Hershey, con aspecto de viejito-símbolo de la buena salud y la buena conciencia en la tercera edad. Ese encuentro cercano fue a principios de los 80, en una época en que muchos soñábamos “sueños nucleares”: pesadillas de fin de mundo que a veces hasta se plasmaban en películas apocalípticas. Recuerdo haber tenido esos sueños cuando vivía en Ohio. El cielo azul (siempre era de mañana) se poblaba de estelas blancas cuando los cientos de misiles transcontinentales escondidos por los campos se elevaban en dirección a la Unión Soviética. Yo los miraba, embobado por la belleza del espectáculo, hasta que me daba cuenta de qué se trataba, y ahí empezaba el terror. Antes de un cuarto de hora, los misiles soviéticos que estaban surgiendo de los campos rusos nos iban a estallar encima de la cabeza.

Se me pasaba eso por la mente cuando miraba cómo Tibbets rasgaba el envoltorio de su chocolate y se alejaba por el mismo pasillo por el que había llegado, hacia la oficina de su compañía de taxis aéreos. Ahora me entero, porque tengo la manía de leer obituarios añejos, de que murió hace dos meses. Al parecer vivió sus días después de Hiroshima orgulloso de haber sido quien fue, un hombre que no tenía pesadillas.


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